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Joaquín Vega

Joaquín Vega

Translated an award-winning short story
Sepultado en Saipán
Escrito por Alex Sultan
Traducido por Joaquín Vega
Todavía se pueden encontrar bayonetas oxidadas en la tierra.
Junto a armas de fuego rotas, cantimploras y cascos con impactos de bala. En ocasiones, los esqueletos todavía las llevan consigo. El equipo encargado de explorar las aguas profundas encontraba de vez en cuando un tanque corroído o los restos de un submarino que hacía de acuario. Los aviones de combate aparecían en lo alto de las montañas, una gran sorpresa para los escaladores.
Lo raro fue que Hisao encontrara cartas sepultadas en Saipán.
Dejó caer su pala y se arrodilló, el equipo de arqueología trabajando a sus espaldas, las luces industriales iluminaban el túnel con un resplandor plateado. Cepillando la tierra de su hallazgo, Hisao recogió un libro desgastado por el tiempo con una cubierta deteriorada. Una página suelta sobresalía de un lado.
Me rendiré al amanecer...alcanzó a leer.
“Encontré alg...”
Hisao se abstuvo de hablar. La curiosidad le ganó una vez más.Con extremo cuidado, abrió el libro y leyó la primera página.
2 de junio de 1944.
Los estadounidenses pueden quedarse con esta isla, me da igual.
Estoy cansado. Pasamos todo el día cavando trincheras cerca de la playa. El caluroso sol nos abrasa, y tenemos poca agua o arroz para racionar. Si no trabajamos con la intensidad exigida, nos gritan. Una palabra fuera de lugar y nos golpean.
Si hay algún rayo de esperanza, es el reflejo del sol en las aguas cristalinas. El sonido de las tranquilas olas en la orilla de la playa. Aunque los insectos me hostiguen, aprecio la vista. Es simplemente hermosa.
La luz de mi vela se desvanece. Este saco de dormir no ayuda mucho a amortiguar la dureza de la tierra.
Espero que los ciempiés se mantengan lejos de mí.
Hisao pasó a la siguiente página. Su equipo continuó el trabajo a sus espaldas, con una carretilla cargada de roca triturada.
8 de junio de 1944.
Los naipes de Mashiro fueron descubiertos. Un oficial lo llevó afuera, y regresó ensangrentado. Temo que este diario sea descubierto también, pero mis pensamientos son fuertes, y las noches son silenciosas. Nada de lo que escriba en una carta a casa lograría pasar por la censura.
11 de junio de 1944.
Nunca he sido bueno disparando. Todavía me duelen los moretones provocados por los golpes con el bastón; el oficial nos amenazó con quitarnos las raciones a todos si no mejoraba mi puntería en las prácticas. Otro nos dijo que apuntáramos a los médicos cuando los veamos. Los estadounidenses arriesgarían una vida para salvar otra. Voy a titubear cuando llegue el momento.
13 de junio de 1944
A pesar de estar rodeado de cientos de compatriotas, me siento muy solo. No todos ven la belleza de la vida como la veo yo.
Hisao pasó a la siguiente página. La letra de esta se mostraba temblorosa, como si estuviera escrita con prisa.
15 de junio de 1944
Ya es una costumbre poner el año, incluso cuando dudo que viva para ver el siguiente.
No dormiré esta noche. Los buques de guerra bombardean las costas. Los aviones sobrevuelan, las bombas silban y el terreno tiembla. Dentro de poco seré yo quien esté en la primera línea.Temo No quiero Estoy preparado para cuando llegue el momento.
17 de junio de 1944
Hemos capturado a uno de los estadounidenses. Recibió un disparo en el abdomen. Lo arrastramos arrastré a nuestro refugio y lo vendé. Los oficiales lo interrogarán por la mañana. Con el poco inglés que sé, encontré tiempo para hablar con él.
Su voz temblaba al hablar, mientras se aferraba con todas sus fuerzas al hilo del que pendía su vida. Le conté a Alan que crecí en un pequeño pueblo en Osaka, y él me habló de Ohio, una ciudad en crecimiento con edificios de gran altura. Debería haber sido enviado a Alemania junto con sus amigos, pero le tocó bailar con la fea. Se rio de su chiste y yo también me reí.
Ahora, Alan está dormido. Su respiración se desvanece, no creo que vaya a despertar.
Me alegro de haberlo visto sonreír.
18 de junio de 1944
En sus últimos momentos Alan me entregó una carta, y me pidió que se la entregara a su madre de cualquier forma posible. Al leerla, no pude evitar darme cuenta del gran parecido que tenía con la mía.
Hizo que me preguntara,
¿qué es por lo que estoy luchando?
Hisao exhaló y volvió a colocar la página suelta en su sitio.
22 de junio de 1944
Voy a rendirme al amanecer.
Fingiré tener dolor estomacal y luego huiré. El trapo blanco que llevo indicará a los estadounidenses que voy en son de paz. Tengo mucho miedo. El último hombre que mencionó “rendirse” fue golpeado hasta que no pudo mantenerse en pie, como ejemplo para los demás.
Pero no puedo soportar más la ansiedad de la batalla.
Me quedo sentado a solas con mis pensamientos hasta que amanece.
Al voltear la página, Hisao se encontró con una página en blanco. No había más entradas. Volvió a la última de ellas, con fecha de más de una semana después de la anterior, tres días antes de que Estados Unidos reclamara su victoria.
6 de julio de 1944
Mi ojo derecho sigue morado y ya no puedo ver con él. El oficial que me golpeó dirige ahora una carga temeraria contra los estadounidenses. Un último combate por el control de la isla. Junto con otros pocos, nos quedamos atrás con la instrucción de quemar nuestros documentos en la cueva.
No lo haré.
Entre los documentos hay cartas. Decenas. Dirigidas a familiares y seres queridos. Las que nunca fueron enviadas. Palabras nunca expresadas. En su lugar, las enterraré junto a este diario, y espero que algún día sean encontradas.
Luego de hacerlo, la orden es quitarnos la vida. Nos dieron granadas que debemos sujetar contra nuestro pecho, luego de haber sacado el anillo de seguridad. Será rápido y sin dolor. Sólo puedo desear que, en el más allá, me separen de aquellos que disfrutaron de este conflicto.
Hasta que mis palabras sean leídas,
Koji.
Hisao suspiró. Cerró el libro y tomó una bolsa para sellarlo dentro.
“Encontré algo”, dijo. Sus compañeros de trabajo se acercaron. Hisao le entregó a uno la bolsa sellada, luego estiró ambas manos hacia un viejo bolso. Quitó la tierra mediante un golpeteo rápido en el desgastado cuero de este.
Las cámaras sonaron a su alrededor. Otro arqueólogo se agachó para ayudarle. Levantaron el bolso del suelo y la cuerda que lo envolvía se soltó.
Un aluvión de cartas.
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Posted Sep 16, 2022

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