La arquitectura del roleplay se construyó sobre un principio real: humano–situación. Por un lado, se configuran las características humanas del avatar —nivel de paciencia, grado de confianza, estilo de comunicación, apertura al cambio—. Por el otro, se define la situación: un momento concreto con un punto de partida y una dificultad clave. Cuando ambos planos se cruzan, aparece el roleplay: un avatar que se comporta de una manera específica dentro de un escenario controlado, frente al cual el candidato debe conversar y alcanzar un objetivo definido.